Ūmea, Suecia. Aquí no se me ha perdido nada.

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Son las dos de la mañana, pero aquí no se hace de noche nunca. Como un pájaro que volara lento, y te serrara la voz y el canto con el filo de sus alas. Las vistas de mi habitación son espectaculares. Pero éste tampoco es mi sitio. Super festival de música y tecnología, no lo pillo. Demasiado guay. Pero encontraré mi sitio. O quizá no. Igual mi sitio es que no tengo sitio.

El bolo salió casi perfecto. Estoy muy contento y orgulloso del trabajo que funciona, después de todos estos años, ya era hora. Pero me he quedado muy tocado.

Entré por la puerta de abajo; la Universidad de las Artes de Umea. Todo estaba lleno de gente joven, preciosos; nuevos en el amor, nuevos en el mirar y nuevos en la búsqueda. La visión me destruyó. Me quedé allí sentado mirándoles, oliendo, como en secreto. Lo inalcanzable. Me sentí sucio. Pensé en amarles para siempre, en acariciar sus ropas y sus gorros con ternura, o en raptar a la más bella y asesinarla dejando su cadaver en el lecho del río. Mi luz está sucia. Necesito un amor enorme que se compadezca de mi, y acurruque mi fuerza, mi espada y mis monopatines. Alguien que entienda lo que estoy haciendo. La música no puede salvarme. Pero es mi trinchera, y ahí aguanto hasta que suceda-acontezca-pescado-de-queso-mantas-eléctricas.

Acerca de david fernández

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