Los refugiados

Ya no son más “los refugiados”, ahora son el pequeñajo e hiperactivo Ahmed y su familia. Aquella anciana de belleza brutal con 5 maletas enormes imposibles de llevar (“Cuando vamos a ir a una habitación? Con jabón y una cama?”.) Mohamed con su flauta tradicional (llamada Ney, con casi 5.000 años, es el instrumento musical aún en uso más antiguo.) Mohamed otra vez y su inglés primitivo y atropellado. El profundo olor a pies, sus rostros angulosos, surcados, algunos, por cicatrices y otros –la mayoría– por cejas enormes y peludas. Y de nuevo el penetrante y afilado olor a pies; como un anuncio ciego de su presencia hyper-humana. La escuela de tango se transforma por las noches en un hogar para 30 almas que arrastran sus cuerpos en busca de refugio para ambos.

El estudio de tango convertido en refugio

El estudio de tango convertido en refugio

Creo que es la primera vez en mi vida que hago algo por los demás sin un cálculo de lo que puedo conseguir a cambio para mí mismo. Aunque estuve pendiente de mis mecanismos internos y varias veces se me pasó por la cabeza “la impagable experiencia humana que voy a vivir”, o “quizá conozca a alguna chica entre los voluntarios que se conmueva con mi acto generoso, y moje el churro”. Pero creo que me pude deshacer de toda esa mierda y limitarme a serles útil. Aunque el hecho de escribirlo aquí ya es un acto de por sí ostentoso y que me hace dudar de mi supuesto altruismo.

Qué sombra de vergüenza se posa sobre mi casa tan tranquila (con una de las camas vacías), mi tiempo y dinero invertido en aprender tango, mis caprichos y mi veganismo y preocupación por los derechos de los animales. Mi sagrada necesidad de silencio y mi obsesión con los ruidos de los vecinos. Todos caprichos de una vida suprema en la que no falta de nada, se tornan un insulto a la dignidad del resto de aquellos hombres y mujeres, que solo tienen un penetrante olor a pies como posesión y seguridad.

Acerca de david fernández

Bwv 582
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