Casa vacía

Hice esta foto a mi abuela hace poco más de un año. Ya hace tiempo que el alzheimer había borrado de su rostro los restos de persona, de sus gestos e impulsos toda coherencia y Teo-Yaya-Muñeca2finalidad. Digamos que el alma (ánima) es a la persona lo que el inquilino a una casa, y que la memoria y conciencia de sí misma es lo que le da forma. El alzheimer consume esa memoria y esa forma, abocando el ánima al vértigo de un presente infinito. Sin un punto de apoyo en el pasado, el ánima se consume hasta desvanecerse por completo, pero nos deja un cuerpo intacto (como unas termitas que devoraran el interior de un árbol sin que se notara por fuera); como una casa vacía, abandonada, de la que hubieran desaparecido sus moradores sin llevarse tan siquiera una bolsa de viaje, habiendo dejado unos garbanzos a remojo y las luces encendidas. Un panorama descorazonador para los familiares que entran llamando a voces sin obtener respuesta alguna.

Recuerdo que estuvo sosteniendo la mirada a esa muñeca durante un largo minuto. Su apego al juguete ilustraba a la perfección la vejez como una vuelta a la niñez; llevar pañales, olvidar el habla, no comprender los signos, necesitar ser alimentado y aseado. Una niñez sin futuro. Con qué intensidad fijaba su mirada en los ojos de la muñeca! Algo que era incapaz de hacer con nosotros. Parecía que la enfermedad misma se hubiera reconocido en esos ojos de plástico, y que estuviera mirándose en un espejo, reivindicando así su terrorífica naturaleza: miraba los ojos de la muñeca, con la misma vacuidad con la que la muñeca miraba a los ojos de la anciana. Se podría decir que ambas miradas poseen características en común, que de hecho ambas miradas son la misma mirada. Que en ambas direcciones viaja la nada y el vacío. Que tan solo mis recuerdos de Teo dotan a su mirada de un sentido y una intención que ya no tiene.

Sin embargo… ay la delicadeza y la forma con la que sus manos sujetan la muñeca!! Nunca cogería así una taza, o un pedazo de madera. En el tumulto de sus sienes aún queda un eco, un reflejo de lo que fue, pero no es más que la cama deshecha y la ropa sucia aún con su olor en esa casa vacía y abandonada.

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