Precioso domingo soleado en Berlín 

Que insultante este sol radiante y hermoso, que con su esfera perfecta y brillante nos obliga al disfrute y lo exterior, y nos recuerda lo ridículo de nuestra vida recluida; es brillante espejo de nuestra cobardía. Su luz sin embargo proyecta oscuras y definidas las sombras de los objetos que con ella se bañan, silencia su luz también el brillo de millones de estrellas, de millones de noches. Desvela mis sueños y hace más visibles mis pesadillas. Qué calor coño, y qué pesado el compromiso de la obligada celebración de la luz. La luz y sus ruidosas multitudes reclaman mi sonrisa, pero yo solo arqueo mis cejas 3 veces sin aparente sincronía, y aprieto mis glúteos rítmicamente para salguardarme de su libertad: librarme de la condena de la luz a través de mis ritos rítmicos y pequeñas contracciones musculares. Ojalá fuera lo suficientemente libre como para no torturarme por haberme quedado todo este precioso día encerrado yo solo en mi puta habitación. 

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