Butes

Ulises pide que le aten, para poder escuchar el canto de las sirenas sin sucumbir. Quiere saborear ese sonido, pero sin dejarse llevar por él; el resto de sus hombres se ponen tapones. Orfeo –en otra nave– como respuesta al canto de las sirenas toca un instrumento musical. Con su contra-canto neutraliza el de las sirenas e imprime ritmo a los remeros para que sigan el camino marcado, remando para alejarse de allí, permaneciendo en el sitio que se les ha asignado.

A parte de estos dos, está un tal Butes, éste se lanza al agua siguiendo el canto de las sirenas –la música–, va al encuentro del sonido que le llama. Él es el único que se deja arrastrar, abandonando la seguridad de su nave y lanzándose al agua. Él danza –su cuerpo cayendo al agua es el comienzo de su baile–, la pérdida del equilibrio es el primer paso de su danza. No sopesa su acción, sigue la música sin pensar en las consecuencias. La música es un no pensar. Abandona al resto de los hombres, el rumbo marcado, la seguridad.

Hay dos músicas entonces: una de la perdición individual –que arrebata el retorno–, y otra que ordena el regreso; articulada, colectiva, rítmica, que transforma al individuo en sujeto social y que acalla a la primera, imponiéndose en volumen y ritmo.

Dice Quignard: “Allí donde el pensamiento siente miedo, la música piensa.” Pero debería haber dicho: allí donde el pensamiento siente miedo, la música agua lleva.

Anuncios

Acerca de david fernández

Bwv 582
Esta entrada fue publicada en mi casa. Guarda el enlace permanente.