Madrid

Madrid está preciosa, a casi 20 grados Celsius los olores aletargados bajo el frío del invierno despertaban eufóricos en mis narices; evocando imágenes, sensaciones y recuerdos que creía sepultados bajo la pereza que me da esta ciudad provinciana y superficial. En plena historia de amor con Berlín, de Madrid ni me acuerdo. Pero andando por sus calles la vida se presentaba a través de mis fosas nasales con toda su extrañeza e intensidad, sin que pudiera a penas entender una pequeña parte de todo lo que en mí evocaba, pero abrazándolo como quien se encuentra por sorpresa a un amigo de la infancia muy querido al que perdiste la pista y cuyo nombre de repente no eres capaz de recordar. Cuanto más largo sea el abrazo, más tiempo tendrás para que su nombre te vuelva a la memoria… seguro que te vuelve. Seguro. Espera. Coño, qué mulludito está el plumas que lleva. Pero nada… en ese lapso interminable que dura el abrazo, otros nombres, otras personas y situaciones igualmente intensas, pero que no puedes relacionar en absoluto con esa persona, vienen a tu cabeza y entonces ya estás abrazando no solo a ese amigo de la infancia cuyo nombre no recuerdas, sino también a todas esas otras personas y situaciones que nada tienen que ver con él, pero que se han vuelto tan presentes que han hecho que le abraces hasta dejarle sin respiración. Tu amigo entonces ya no es más esa persona de tu infancia sin nombre. Tu amigo se ha convertido en un recipiente mullidito que contiene una ciudad entera: la ciudad en la que follaste por primera vez, en la que te cogiste tu primer coma etílico, en la que aprendiste a patinar o a robar motos. Tu amigo hace un ademán y te separa, reclama volver a ser dueño de su espacio vital y dejar de ser una puta ciudad entera, y es entonces cuando su nombre te viene a la memoria de sopetón. Miras intermitentemente a su ojo izquierdo y a su ojo derecho todo lo rápido que puedes (es imposible mirar a ambos ojos a la vez, todos lo sabemos), los músculos de tu boca se tensan, estás a punto de nombrarlo… pero de repente decides que no quieres pronunciar su nombre, que es mejor no decir nada, y ves que él piensa lo mismo, que él también entiende que es mejor no darse los teléfonos ni el Facebook ni las buenas tardes qué tal va la vida. Un fuerte apretón de manos y cada uno sigue su camino sin culpabilidad ni remordimientos ni temor a lo innombrable.

Madrid, qué guapa que estás, qué bonita y qué rica.

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Acerca de david fernández

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