Matadero

Cuando tenía 16 años aprendí a colarme y moverme por dentro del matadero de Legazpi como por mi casa. Lo hacía al abrigo de la noche. Aquellas naves desiertas. El runrún de la M30 de fondo. Mi traje de camuflaje. El olor a sangre y heces aún presente. Mi corazón aprisionado entre mis sienes. Estaba obsesionado con el dolor que inflingíamos a los animales. Aquel lugar era el infierno. Aunque por las noches todo estaba tranquilo, yo sabía que durante el día allí tenía lugar una orgía mecánica de sangre. El acto de matar a otro ser vivo —que antaño estaba rodeado de ritos, lucha y necesidad— tenía lugar aquí de una forma vil, cobarde y retorcida; una premisa terrible como prioridad: la comodidad. Matar con comodidad, higiene y economía. Así era la sociedad en la que vivía y que venía martirizándome desde que era un crío. Así que me propuse conocer ese sitio como la palma de mi mano. Iba a destruirlo. Me dibujaba mis planos y exploraba las zonas y los diferentes accesos. El fulgor de la adolescencia me cegaba, estaba convencido de que yo solo podía destruir aquel lugar. Me llevaría meses o años, pero lo inutilizaría de alguna forma. Mi vida tenía una meta. 

Hoy Mateo Feijoo, nuevo director elegido tras un concurso, ha presentado allí las “Naves del Matadero: Centro de las Artes Vivas”

Es curioso que en un mismo enunciado, quepan la palabra “matadero” y “vivas”. Pero así es el arte: lo desvirtúa todo. Lo descontextualiza todo. Dignifica, purifica y dota de humanidad de cara a la ciudadanía a estos lugares malditos. Con lo poco humana que es nuestra humanidad con lo animal. 

Entiendo a Peris Mencheta quejándose. Y a Blanca Portillo. Pero también entiendo a Mateo Feijoo y a sus ganas por conquistar un espacio para los nuevos lenguajes. Y también entiendo a las vacas y a los cerdos. Sobre todo los entiendo a ellos. 

Soy un soñador: Matadero de Legazpi: aún me quedan fuerzas, tiempo y amor como para romperte los cimientos. Además a mis cuarenta cuento con un arma más poderosa que la rabia adolescente: la poesía. (Patético, un día tengo que llevar a cabo otro plan adolescente largamente trajinado: matarme)

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Acerca de david fernández

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