Viernes. Eran casi las 3 am

Después de bailar durante cinco horas con mi actual compañera, no podía más. Había ya liquidado y devorado mi organismo todas sus reservas de dopamina, oxitocina, adrenalina, serotonina y endorfinas. Mi torrente sanguíneo debía semejarse a un sistema de alcantarillado Carioca tras una noche de carnaval. Una hora antes habíamos llegado juntos a un estado de estasis molecular y quasi religioso del que eran misa las letras lloronas de los tangos y credo nuestro abrazo y nuestros ochos y quebradas y ganchos y giros. Como en un ejercicio de antagonismo elástico, cuanto más triste era la música, más alegres y dichosos nos encontrábamos los dos. Egoístas y antisociales nos habíamos negado a bailar con nadie más en toda la noche. De forma pública y notoria rompíamos esa regla no escrita del tango, y negábamos a los demás bailarines el acceso a nuestra dicha, pero sin dejar de exhibirla y proclamarla a voz en grito.  
Pero yo de repente estaba acabado, me dolían los pies y una rodilla a penas me dejaba caminar. Por no mencionar mi incapacidad absoluta para conectar con la música en ese estado de ánimo. Caí rendido en un sofá apartado y ella se sentó paciente a mi lado. Nos podemos ir si quieres. No hace falta bailar más. No tienes por qué sufrir David. ¿Quieres algo de beber? Es cierto. No puedo casi andar. Estoy destruido. No, no quiero nada de beber. Gracias. Soy una sombra de lo que fui dos horas atrás. No seas dramático. Pero es que lo paso mal. Cálmate. Pareces un niño. 
Y así, con ella acompañándome y perdonándome, lo volvimos a intentar. Hicimos dos o tres intentos fallidos y patéticos. Decidimos irnos. Pero antes de quitarme los zapatos, volví a escuchar la música (la música David!! La música! Qué maravillosa es esa música!) Quizá podíamos bailar uno más y nos vamos. Alguna glándula quedaría por estrujar en un recóndito lugar del cerebro. 
La pista se había quedado semivacia. A esas horas solo quedan los hardcore y algún descerebrado. El ambiente es como de película analógica con sonido mono y luz technicolor. Los mejores bailarines hacen suya la pista, y quizá dos o tres parejas como nosotros tratan de volver a derretir las nieves del Kilimanjaro con sus cuerpos sudorosos y abatidos. Pocas ciudades tienen milongas que cierren tan tarde. Es precioso quedarse hasta esas horas.
Y entonces sucedió. Por supuesto ya no podíamos bailar ágiles como al principio de la noche, y quizá precisamente por eso, porque estás físicamente derrotado y tu cuerpo se ha rendido por completo, llegas a un lugar más allá del bien y del mal. Y no estoy exagerando nada de nada. Cero. Nunca había bailado con nadie así. A pesar de pasarnos abrazados horas y horas cinco días a la semana, tampoco nunca nos habíamos abrazado así. Dejé de hacer pasos y giros complicados y me limité a caminar, pisando en el tiempo fuerte de la música, avanzando por la pista en sentido contrario a las agujas del reloj como un animal sagrado y pacífico. Al final de cada tango nos mirábamos con una sonrisa que nos partía la cara en dos mitades desiguales. No decíamos una sola palabra. Estábamos totalmente colocados de nuevo (puta ONU, puto frío Alemán, puta crisis de refugiados, putos cuarenta y puta falta de amor). La rodilla me dejó de doler por completo. A fuera el cielo comenzaba a clarear (en Berlín a las tres y media ya amanece en verano) Es extrañamente bello ver amanecer mientras bailas tango. 
Y entonces lo oyes, como la campana que marca el fin del combate justo un instante antes de que te hagan K.O. y te causen un traumatismo craneoencefálico con pérdida de masa gris. El dj grita “última tandaaaaa”, y te sumerges de cabeza por última vez en el abrazo (como un náufrago que se agarra a un pedazo de madera que flota o un soldado que se tira sobre una granada para salvar a un grupo de civiles que pasa cerca), pero lo haces con fuerzas nuevas y un renovado espíritu purificado y en total calma. Y durante esos últimos cuatro o cinco tangos ya no bailas para ti, ni para ella, ni contra el mundo y su mediocridad. Simplemente participas con asombro como testigo silencioso y móvil de un ritual de amor en el que todo tú eres herramienta y símbolo y ceremonia.

Anuncios

Acerca de david fernández

Bwv 582
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Viernes. Eran casi las 3 am

  1. rossy dijo:

    oleeee que maravilla trascendiendo

Los comentarios están cerrados.