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Ya falta poco para que partamos a Madrid para la que será una primera residencia artística, oficialmente hablando. Años atrás Pablo Caruana tuvo la deferencia de ofrecerme un espacio de trabajo en una iglesia maravillosa en Alcalá de Henares. Era para un encuentro con Carles Santos que Marta Oliveres iba a propiciar. Como tantas cosas maravillosas que iban a pasar con Marta, esto se quedó en el aire, y me comí esas dos semanas allí solito. Porque estaba dessacralizada la iglesia, y allí no había ni dios.

El caso es que ahora todo es un poco más propicio, quizá un 4% más propicio que hace 10 años, y gracias a Sharon Friedman y a mi compañera de viaje Maureen Lopez, nos vamos a un sitio maravilloso dos semanas, a volver a ponernos en contacto con nuestro Madrid, y a darle caña a la que será mi nueva pieza después de siete años de silencio (o de música!).

Esto de ser artista me está costando, pero más me costaría ser otra maldita cosa. Muchas mañanas me levanto y sé a ciencia cierta que no tengo nada que decir, nada que aportar, pero entre esa certeza y la pulsión que ruge en mi estómago hay una contradicción enorme, que es la que me dicta mis pasos y me hace seguir. Empieza a hacer frío en Berlín, gracias a la orquesta con la que estoy tocando, tengo que trabajar en la calle la mitad que antes, pero aún es lo que me da mi independencia y mi seguridad en esta ciudad. Si todo va bien, esta etapa oscura y potente de siete años encontrará su fin, dejaré las calles y volveré al lugar que me corresponde. Merezco una puta esquina, aunque sea del tamaño del cagaderoungato, mi vida es la escena.

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Acerca de david fernández

Bwv 582
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