Vecindad

Escucho los carraspeos y las toses de mi vecino de abajo, como burbujas que suben a la superficie desde las profundidades de un lago verde y oscuro. Siempre está en casa. Consumiéndose. Haciendo nada. En ocasiones me lo encuentro en la escalera o por el barrio. Siempre solo. Su mirada esquiva, como si cayesen copos de afilada nieve que le obligaran a proteger la retina. ¿De qué trabaja? ¿En qué ocupa sus interminables días? Esas burbujas que manan a la superficie del agua pueden deberse a la putrefacción de sedimentos, aunque también podrían ser el último aliento de quien no pudo subir a la superficie.

El otro día me lo encontré en el super, simplemente compró una botella de Pepsi. Y vuelta a casa. He oído que aquí en Berlin hay cerca de setecientasmil personas que viven de las ayudas sociales. No hay nada peor que no tener que buscarse la vida. La renta básica instalaría la depresión como estado de ánimo internacional. En ocasiones me llega un potente olor a marihuana. Pero no la comparte. Es toda para él. En estos tres años jamás le he escuchado o visto con nadie. Tendrá sus treinta y cinco años. Pero al cruzárselo por la calle, uno diría que su alma vieja ya tiene alzehimer. Anda como un fantasma sin sábana, aterido de un secreto frío.

En ocasiones he pensado en acercarme a él. Hola tío, soy tu vecino. ¿Qué coño estás haciendo con tu vida? ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte? ¿Quieres subir a comerte una hamburguesa de soja conmigo? Pero siempre he sido incapaz de trascender el cordial “hallo” de los vecinos y comerciantes del barrio.
Su miseria me recuerda a la mía. Hoy me siento hecho una mierda, ayer apenas bailé con dos chicas. Horas ahí sentado. El mundillo del tango es duro de cojones. Que no te saquen a bailar o que no quieran bailar contigo es humillante y terrible. Oye tío, ¿has pensado en aprender a tango? …te vendría de puta madre. Yo lo he hecho y … bueno, ayer no tuve un buen día. Hoy me he despertado triste. Los pulmones me ardían al respirar, pero un ardor cercano al picor, medio dulce. No he llorado no. ¿Tú has llorado hoy? La verdad es que no es solo por el mal día ayer en el tango. También la tía esa de tinder que me dejó tirado. No la conozco de nada, pero me dolió. ¿Tienes tinder? También te podría ayudar, aunque también duele. Tinder y tango, suena patético ¿no? Supongo que móvil si que tienes. Pero eso sí que no ayuda. Yo estoy enganchado vivo. Lo miro cada veinte minutos. Rebusco en el correo basura como un perro en busca de un hueso de pollo o lo que sea. Cualquier mensaje que me saque de aquí, que me recuerde al amor. Estamos demasiado apegados a nuestras propias sensaciones, ¿no crees? ¿Pero qué otra cosa nos queda…? El conocimiento es un lujo capitalista de los que fueron criados sin resentimiento, pero las sensaciones están al alcance de los vagos como tú y yo que crecimos en entornos hostiles, en los que el amor era uno de esos adorables pitbulls que se come a su dueño.

Estoy sin un puto duro. Es triste, pero me gusta. Acabo de ver a Ahmed, mi amigo el refugiado, y le pedí dinero. Qué paradoja macho, pero fue bonito ver que ahora él me puede echar un cable a mí. Pero esto solo es transitorio. Creo. Quiero decir, que no voy a hacer como tú. No me voy a quedar en casa esperando a la muerte. Saldré ahí fuera y tocaré mi música tío. La música más triste del mundo. Por cierto, espero no molestarte mucho con mi música. Debe ser terrible estar en casa encerrado en tu estado, y escuchar al vecino de arriba todos los días por la mañana tocando a Bach y Rameau y Couperin. Espero no estar poniéndote aún más triste con la música. Lo dicho, si te apetece una hamburguesa de soja, aquí estoy (con respecto a esos carraspeos, ¿has pensado en tomar algo para la garganta?)

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Acerca de david fernández

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