Que Berlín no se acabe nunca 

Bailar tangos con ella hasta que tu pecho está empapado de su sudor. Acompañar a la chica en cuestión hasta su casa. Calzarle unos besos y luego ponerte los cascos con cualquiera de tus músicas favoritas mientras caminas buscando el autobús nocturno que te lleve de vuelta a casa. Sabes que estás en la otra punta de Berlín. Te toca atravesar esta ciudad vibrante de punta a punta. Pero también Berlín te atraviesa a ti de cabo a rabo durante el trayecto. Por primera vez hoy hace buena temperatura. Las dos cervezas que te has tomado hacen el resto. Caen unas pocas gotas de lluvia (algunas sobre la pantalla en la que escribes) y entonces ese olor característico lo inunda todo. Puedes oler la vida. Casi puedes atraparla. Si solo pudieras contar esto. Si tan solo tuvieras la mitad de talento que han tenido tantos otros, entonces todo tu sufrimiento se transformaría en dicha. Pero te tienes que conformar con mierdas creativas con las que vas saliendo del paso. Mierdas que tan solo reflejan una ínfima parte de lo que estás viviendo… esta ciudad, la época en la que vives, tu propia edad. Sabes que eres incapaz de asir una ínfima parte de lo que verdaderamente importa (como un cazador que viera pasar frente a sí la pieza de su vida, el único ejemplar de una especie extinta… incapaz de apretar el gatillo se conforma con hacer chirriar sus dientes y cambiaser la gorra de posición varías veces), pero ya vives de ello, te has convertido en un artista profesional y es demasiado tarde para renunciar. Qué harías? Como te ganarías la vida? No queda otra que ir tirando, haciendo la vista gorda. Para no ver que lo que haces traiciona el impulso noble y primigenio donde nace. Buscas en tus listas de reproducción algo más fuerte. Vuelves a poner la puta tercera sinfonía de Mahler con la que te taladraste el corazón el año pasado (crisis de ansiedad, taquicardias, ataques de pánico) pero a penas notas un leve cosquilleo en el pecho. Sigues tecleando este texto, mientras tu teclado predictivo te sugiere palabras una tras otra, si las aceptaras todas, el resultado sería mejor que lo que escribes: que te mando muchos libros y no sé que lo de las dos de los dos o así como el que no me voy con el corazón de la milonga de la mujer que se dice que te mando muchos libros y no sé que lo de las dos de los dos 

Se me acaba la vida. Lo noto. Esto se va a acabar. Estoy empezando a ser consciente de ello. Y me jode. Me jode mucho. Ya que no voy a ser capaz de evitar mi fin. Si al menos pudiera arrancarle lo que siento al mundo y ponerlo sobre un pedazo de papel. Suena pathetic 

La chica en cuestión es preciosa. Su belleza me conmueve y hace a Mahler más emocionante si cabe. Pero no le puedo decir que todo su rollo happy flower Berlinés me la trae floja. Que tengo tirria a los workshops pseudo espirituales donde todos comparten su amor y que encuentro vomitivas las jam sessions de contact improviseision. Trato de superar mis prejuicios echando cal viva sobre las opiniones que los sustentan. No me importa no ser consecuente. Me merezco su amor. Es la de arena. Es la de arena. Dos palas más de arena por favor. Aunque la hubiera llevado al baño de ese bar y me la hubiera follado. Yo lo pensé. Pero fue ella quien lo verbalizó. Hubiera sido precioso. Pero es no se me levanta. Mi verga es como un pequeño perro de esos estúpidos y caprichosos que nunca sabes cómo tratar. Podría decir sin ambages que soy medio impotente. Aunque tengo mis trucos. Y eso me convierte en medio potente. Pero en un baño no funcionaría. Así que ni lo intento. 

Mierda. No quiero revisar esto. Ni pensar si ella lo leerá o si lo leerá alguien que le moleste algo. Adoro la vida. Adoro Berlín. Que no se acabe nunca. Que Berlín no se acabe nunca. 

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Acerca de david fernández

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