Gracias Alemania

Este año será el primero desde hace siete que no toco en la calle. Un pequeño subsidio social y mis pocos conciertos aquí y allí obrarán el milagro. Sigo apostando cien por cien por encontrar mi camino, aunque haya necesitado ese empujoncito. Ninguna concesión. Ningún trabajo alimenticio o para entretener al personal. Estoy feliz. Tengo todo lo que un hombre puede necesitar.

Aquí estoy como cada mañana desde hace tres semanas, sentado frente al ordenador. Tratando de ahuyentar mis fantasmas, luchando contra mi sensación de poca valía, mi falta de inspiración, mis limitaciones y mis miedos. Me pongo un cronómetro para controlar que el tiempo que paso lo invierto efectivamente y sin distracciones en el trabajo para No future Yes. Al fin un festival confió en nosotros. Podremos estrenar. Tengo todo el tiempo del mundo. Cien por cien concentrado en esto. Es mi regreso. Mi segunda oportunidad. Podré salir de la precariedad de la música para forrarme con el teatro de vanguardia.

Pero ahora me doy cuenta que al sentarme aquí, no solo estoy tratando de poner en pie esta pieza, sino que estoy librando una batalla contra mis barreras y mis miedos más elementales, aquellos que me han condicionado siempre en mi trabajo creativo, limitándome e impidiéndome ser un maldito artista, ser un hombre libre (“Bis du nun tot?” dice por los cascos justo ahora Tristan), un maldito hombre en contacto verdadero con su destino. Se me ocurre ahora que la vida es como bailar tango, uno baila con lo que está llamado a ser. Pero al igual que cuando se baila tango con alguien, uno entra en el abrazo con esa persona y muchas veces no hay un contacto verdadero, puede ser que nosotros estemos preparados, pero no así la otra persona, que añade una tensión que hace imposible ese contacto honesto y abierto pecho con pecho. O a veces es la diferencia de altura… en fin. Que hay que seguir profundizando en ese contacto, hasta que los dos bailarines se sientan como uno solo. El puto monstruo de cuatro piernas. Solo entonces se puede bailar de verdad. Solo entonces uno siente que su vida tiene sentido.

Nunca he sido una persona especialmente inteligente, puedo considerar esa carencia está compensada con una sensibilidad pronunciada, pero esta está malograda por el excesivo foco en las sensaciones propias. Por decirlo de otra forma, mi puto ego anula esa ventaja, quedándose para sí y consumiendo lo que la sensibilidad me podría reportar para crecer y ser tener algo interesante que decir. Sigo en esa batalla. Algún día lo conseguiré. Sin claudicar. Pecho con pecho.

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Acerca de david fernández

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