Milongas

Mi Mau me ha regalado un libro de Borges sobre el tango. Ahora lo leo por las mañanas, lo escucho durante todo el día, voy a clase por las tardes y lo bailo por las noches. Borges dice que alguien dijo “el tango es un pensamiento triste que se baila”, y yo digo que también es un cuerpo triste que se piensa. En el tango hay que pensar mucho, el chico está constantemente pensando y tomando decisiones mientras baila, pero el cuerpo ha de estar triste, como un soldado triste, que obedece y mata al enemigo —por el que siente respeto y admiración— con lágrimas en los ojos. El chico tiene que bailar el pasado (pues ha de tener en cuenta todas las figuras y quiebros que ha hecho), el presente (que transmite a la chica) y también el futuro (estructuras y pasos que va construyendo)… sin embargo la chica está obligada a bailar solo el presente. No puede distraerse ni un segundo con lo que ocurrió, ni suponer lo que va a venir, a riesgo de perder la conexión y la guía. Juntos son una máquina del tiempo que niega la muerte. Ayer fui a bailar sin mi Mau: el presente estuvo ausente (mitad fantasma de lo pasado, mitad espejismo de lo que estaba por venir). Bailar con ella ha elevado el tango al rango de lo sagrado; su conexión, la calidad de su abrazo y la belleza de cada uno de sus pasos y movimientos… al bailar sus pies describen en el suelo delicadas filigranas en Times New Roman itálica a las que yo voy poniendo puntos y comas. No hay nada comparable, farlopa pura. Nos unían muchas cosas, pero ahora el tango nos acompañará hasta que decidamos quitarnos la vida (cuando uno empieza a disfrutar tanto la vida y termina de pagar su hipoteca, se hace dueño y señor de la misma, y no puede dejar que la muerte se la robe al final de la milonga, tiene que ser uno quien arrebate su propia vida de manos de la muerte. Si es que hay huevos. Si es que aún podemos bailar).

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Acerca de david fernández

Bwv 582
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