La polilla se dirige hipnotizada contra la bombilla. Una y otra vez choca contra ella, abrasando sus alas y perdiendo el rumbo. Busca obsesivamente algo que allí no se encuentra, exponiéndose así a toda clase de predadores. No ha tenido tiempo de evolucionar desde la aparición de la luz eléctrica para no confundirla con la luna. Yo revoloteo igual frente a la pantalla de mi móvil. Mi voluntad inerte. Mis ansias al máximo. Su luz hipnotizándome y prometiéndome el maná de la comunicación. Quizá el amor. Recorro las 4,7 pulgadas de mi pantalla igual que un preso que recorre miles de veces los tres metros de su celda. Mi pulgar purga cada pulgada. ¡Pequeño rectángulo del ansia que prometes ser una ventana al mundo, un mundo multitouch en alta definición! Pero cuando intento asomarme a él, choco con los barrotes y descubro una cárcel cuya batería me afano en recargar y cuyo sistema operativo tengo que actualizar. Recibo cada notificación con la misma euforia que un preso sus cartas. La hora del patio son esos putos likes que llegan con cuenta gotas. Luego viene la hora de la ducha, y Facebook deja caer la pastilla del jabón como sin querer, dirige una mirada socarrona a Google que acto seguido te guiña el ojo para que les hagas el favor de recogérsela. Mi capacidad de atención es mi ojete, y me lo habéis petado pero bien y sin vaselina cabrones. 

Cuando tenía 21 saqué la televisión de mi casa. Me sentí orgulloso y poderoso. Lo que no sabía era que años después, un aparato cien veces más pequeño, se iba a meter en mi bolsillo y a resultar cien veces peor que la puta tele. 

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Acerca de david fernández

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