Conquistando mis ochomiles

La sala sinfónica del Muziekgebow en Amsterdam es brutal. Nunca había tocado en un escenario así. Donde acababa de tocar el mismísimo Jordi Savall. Joder. El director de la Bienal se empeñó en ponerme ahí en el medio, programado junto a los grandes del violonchelo. “Haz lo que quieras”. Qué bonito es cuando confían en uno totalmente. Qué fuerte se vuelve uno. Ya lo conté aquí.

Cada tanto la vida te ofrece una de esas oportunidades únicas, donde puedes darlo todo en las mejores condiciones. Me maté a trabajar y puse lo mejor de mí en esos siete minutos. Lo de Maisky fue brutal, lanzarme a proponerlo y conseguir que se enrollara (gracias a la mediación de los organizadores, claro). Es como tener un grupo de pop, y que Michael Jackson acceda a hacer un cameo en tu concierto. Te cagas.

Aunque me jodía que la gente se riera tanto. Pero claro, yo decidí jugar y estaban desconcertados. Era un público que conoce todo el repertorio de violonchelo al dedillo, estaba rodeado de los grandes maestros el instrumento, no podía ponerme a tocar una composicioncita de las mías, tenía que jugar en otro campo. Inventarme un juego con mis propias reglas. No estoy contento del todo, pero voy mejorando, y antes de los cincuenta lo bordaré. No voy mal encaminado.

Gracias Maestro por ser tan buen compañero de juegos. Y gracias a todo el equipo de la Bienal de Amsterdam por la confianza y el cariño. Fui dichoso entre todos los comedores de arco.


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