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Recuerdo que hasta pasados tres días no me atreví a repasar con la lengua el hueco que había dejado mi muela. Era la primera que me quitaban. Fue la constatación de que me iba aconejo.jpg caer a pedazos. La primera pieza de un desmoronamiento imparable, el naipe que al caer arrastrará a su paso a todos los demás de ese castillo de naipes que somos. El primer movimiento de una partida de ajedrez que estamos destinados a perder.

Al introducir por completo la punta de mi lengua en ese hueco, sentí la falta de un pedazo de mí, como quien llega a su casa y llama a viva voz a la persona que siempre suele estar, obteniendo el silencio como única respuesta.

Antes de ayer fui a que me pusieran un implante dental, la tecnología suplirá ese hueco (ahora al llegar a casa, es el altavoz inteligente Alexa el que responderá a nuestra llamada). Llevaba un año retrasándolo. Me explicaron el proceso y me pareció de lo más terrorífico. Básicamente el dentista iba a taladrarme la calavera con mi consentimiento y estando yo consciente durante el proceso. Una amiga a la que expresé mis miedos, me dijo que si habían de taladrarme algo, un hueso era la mejor opción. Me pareció razonable. Y tenía razón. No me ha dolido nada. Además, la táctica de los médicos de comentar anécdotas de lo más triviales con sus asistentes durante las operaciones funciona. Parece como si, en vez de estar con un taladro a pocos centímetros de tu cerebro, estuvieran haciendo un huevo frito. Ahora si muero en una catástrofe brutal y mi cuerpo queda quemado e irreconocible, siempre podrán reconocerme por el implante dental. Es como un piercing perpetuo en la calavera. O un queso gruyere con un solo agujero.

El hijo de puta del doctor Branemark es el culpable de que a día de hoy yo pueda recuperar mi diente y comer un alfil a la muerte. Volver a tener una sonrisa completa. Revolotear sin complejos entre chicas con quince años menos que yo, sonriente. Un movimiento de ajedrez resuelto a mi favor, para fantasear con que ganaré una partida amañada que estoy destinado a perder. Nadie le gana al paso del tiempo. Al parecer el doctor Branemark —padre de la implantología moderna según un paupérrimo artículo lleno de erratas en la wikipedia— descubrió la compatibilidad de los huesos y el titanio, cuando introdujo unas microcámaras en las tibias de conejos vivos (los conejos, esas especie de gatoratas mansos, sin uñas y un poco tontos que suscitan una ternura incomparable). El tipo quería observar en directo el proceso de desgaste de los huesos –el muy hijo de la gran puta– y al intentar sacar las camaritas, se dio cuenta de que no podía, pues el hueso y la carcasa de la cámara se habían fundido. ¡Eureka! (En griego εὕρηκα héurēka, “¡Lo he descubierto!”; perfecto indicativo de εὑρίσκω, ‘descubrir’ vamos no me jodas)

Si me duele la pierna cuando me quedo mucho en la misma posición, no me imagino como tiene que ser cuando una micro cámara se te queda pegada y reabsorvida dentro de la tibia. Yo me he beneficiado del sufrimiento de esos conejos con la sola intención de tener más opciones con las mujeres quince años menores que yo. Lo de ganar la partida a la muerte es solo una excusa grandilocuente, lo único que me preocupa es seguir teniendo opciones con mujeres cuatro o cinco veces más bellas que yo. Putear a conejos para poder acceder a otros conejos. Y todo pagado gracias a un préstamo familiar. Si no tuviera a mi familia me hubiera tenido que conformar con un puto puente en vez del implante. Eso hubiera sido más consecuente, un puente sobre el abismo de esa falta, de ese agujero. Ya que me las doy de animalista, esto hubiera sido más consecuente con mis ideales. Pero ya sabemos lo que pasa con los ideales cuando uno empieza a envejecer, y si no que se lo pregunten a Marina Abramovic.