Y ahora que he construido una felicidad plena cuyas raíces se funden con la lava de los volcanes. Ahora que ese sol brilla en su zenit. Saldré a la intemperie sin protección alguna. Lo he preparado todo para poner esta felicidad a prueba. Dispongo todas mis herramientas de tortura: mi clave y mi violonchelo listos para tocar a fierro a Bach cada día. Spotify cargado con varias playlist que hundirían en la miseria al más duro entre los duros de los Yihadistas (todas las zarabandas recolectadas y ordenadas como un pelotón de fusilamiento. No quiero venda. Quiero mirar a los ojos a cada zarabanda antes de que me meta su bala entre ceja y ceja). También he abierto mi corazón a una niñata preciosa y prodigiosa, con un talento y una gracia incomparables (por no mencionar sus tetas; unas tetas que desafían con su tamaño y forma la ley de la gravedad, que desdibujan los límites del bien y del mal). La niñata en cuestión siente una inmensa atracción y curiosidad por mí, pero no me ama ni me necesita: ingredientes perfectos para destrozarte el corazón y abrir grietas bajo el suelo que pisas confiado al andar. También he dispuesto una ristra interminable de noches de tango, para bailar una tras otra con esas bellas mujeres inalcanzables que son también como zarabandas a quemarropa, pero que te ejecutan con estilete (al cerrar el abrazo y apretarlas contra tu pecho hundes el acero y haces que dance dentro de ti al compás de un Di Sarli, un Troilo o un D’Arienzo, desgarrándote las tripas durante los cuatro tangos que dura cada tanda. Y vuelta a empezar.) En mi mesa al desayunar yacen con sus páginas entremezcladas (como si durante la noche hubiesen estado luchando o haciendo el amor) el libro de ese autor que acabó en un manicomio, y el de esa otra autora que se hundió en un río a propósito. 
Todo está preparado para el desastre amor mío, quiero ver si esta felicidad por la que tanto he luchado es digna de su nombre y del mito que le acompaña. Quiero para mis rascacielos un terremoto 10 en la escala Richter. Quiero decenas de Boeing 747 estrellándose contra ellos. Quizás aguanten la embestida. Si es así, seré el hombre más feliz entre los caballos. Si no, el más desgraciado entre los monos. Y me lo tendré merecido. Tanto lo uno, como lo contrario.