Me he inventado diez silencios. Uno para cada dedo de mis manos. Pulso cada uno de mis silencios a voluntad pero en secreto (con las manos metidas en los bolsillos y la mirada perdida). Son teclas de un piano cuyas cuerdas faltan (fueron robadas por arqueros y constructores de cuerdas flojas para cruzar abismos). Cada uno de esos silencios es un mandamiento que rige mi vida y mi muerte. Diferentes escalas y arpeggios me sirven como ejercicios para convertirme en un virtuoso de mis silencios. Con calladas teorías armónicas —mudas y transparentes— compongo sonatas ausencia y suites falta. Ruge cada una de esas no-notas apagando y tragándose como pequeños agujeros negros el ruido de palabras y reconocimientos y risas y miradas condescendientes. Soy un trino de dos distancias insalvables ejecutado a la velocidad del rayo. Soy un arco infinito que toca siempre la misma nota desapareciendo.