Sorprendido por la velocidad de las cosas, a veces me detengo en medio del torrente, y dejo que acontecimientos, personas y expectativas me golpeen y me hieran con sus esquinas y sus rebufos. Después guardo esos moratones, esas magulladuras y esas heridas resultantes, y las miro con detenimiento cuando el mundo duerme. Son el libro de instrucciones del alma. Leo en esas heridas los acontecimientos, el pasado, el futuro e incluso el misterio de lo que nunca llega a ser. Entiendo mejor al mundo así, que cuando formo parte de sus intrigas y de sus citas con lo posible. A mi lado ha pasado una señora con un perrito mínimo, ambos se han detenido y me han mirado con una calma atómica y unicelular, nuestras respiraciones se han acompasado por un instante, podría haber pasado mi vida entera con esa señora y su perrito. Pero tengo que ir a comprar pan antes de que cierren.