Sufrimiento y depresión y disfrutón

Antaño yo era un sufridor nato, de fondo. Desde bebé sufría con una determinación estoica. Supongo que sufrir tanto me confería cierta dignidad, un peso específico. Me hacía sentir superior a los demás, a salvo de sus juicios o de su indiferencia. Cuanta más honda era mi miseria, más seguro estaba de llevar razón en todo. De tener un propósito en la vida.

Según he ido encontrando un propósito y la razón se ha ido poniendo de mi parte, sufrir dejó de tener sentido. Por otro lado sufrir me jodía, me jodía muchísimo. No podía soportarlo. Sufrir para ser hondo, me hacía sufrir de verdad. Así que lo dejé. Recuerdo proponérmelo firmemente, allá por los veintidós o veintitrés años, “voy a dejar de sufrir”.

También descubrí tretas y atajos. Por ejemplo, fui consciente de la enorme sed de tristeza que habita en mi interior. Es como un monstruo obeso y caprichoso que ansía drama, tristeza y pena. Ese monstruo está ahí. No puedo obviarlo, ni matarlo. Y el muy hijo de puta es bulímico. Sus patatas fritas son la tristeza misma. Necesita dosis enormes cada día. Es como tener un león en casa: si no le das sus quince kilos de carne cada día, se comerá a todas tus visitas. Se alimentará de la gente que te rodea, de tus amigos, amantes y familiares. Así que yo proveo de tristeza a ese monstruo obeso, pero sin permitir que se alimente de drama proveniente de mi vida real. Cada día toco y escucho la música más triste del mundo. Todas las zarabandas de Bach, en una playlist infinita. Y el león se me ha convertido así en un enorme gatete que ronronea y en cuyo regazo duermo la siesta.

Igual me pasó con la depresión. Desde que tengo uso de razón me recuerdo atravesando hondos valles, flotando por interminables periodos de tiempo en pozas de agua estancada, sintiendo los arañazos en mi piel de las garras de cientos de águilas ahogadas, cuyos cadáveres flotaban junto al mío, mecidos por olas lentas y pegajosas. Pero esos periodos se han ido reduciendo más y más, hasta que han desaparecido casi por completo. Aunque es cierto que me siento menos hondo y menos asistido por la razón sin mis depresiones. Pero eran jodidas de cojones. Que les den.

¿Qué soy sin mi sufrimiento y sin mis depresiones? Me he convertido en un profundo disfrutón. Ahora todo lo que queda de aquella oscuridad es su luminosa puesta en escena —a través de mi música y de mis obras—, brindándome distracciones y viajes, engrosando mi cuenta corriente. Quizá he dejado de tener razón, y hasta he perdido cierta distinción que el sufrimiento me confería. Pero me da igual. Siempre supe que tras esa densa capa de sufrimiento había una felicidad igualmente densa. En ella estoy atrapado. Que nadie me ayude a salir de aquí, por favor.

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