Maestros

Vuelvo otra vez a Angélica, de cabeza. Uno elige a sus maestros igual que a sus cicatrices: a golpes, punzadas, caídas fortuitas y besos. Estoy leyendo un libro suyo … no era consciente de su enormidad como escritora, es que no era consciente en absoluto. ¡Qué bien escribe la muy hija de la gran puta! Admito que hace diez años no me gustaba. Pero ahora se me cae la baba. Cuanto ha crecido. Qué enormidad su palabra.

Yo quería aprender a escribir de su mano. Así que entre los dos ideamos un dispositivo. Yo soy incapaz de escribir en diferido como hacen los escritores —es decir, teniendo como destinatario a un futuro e hipotético interlocutor—. Este blog, por ejemplo, me permite la ilusión de la inmediatez, y es mi ejercicio de escritura. El caso es que decidimos escribirnos el uno al otro en directo desde nuestros respectivos espectáculos. El público leería y accedería en directo a la escritura de esos textos dirigidos para el otro, y a su vez el otro los recibiría al día siguiente y los utilizaría en su próxima salida a escena.

En escena se crea una energía y una concentración imposible de reproducir en un ensayo o en el estudio. Desde luego que allí se escribe de otra forma.

Además de mi maestra de literatura (aún sigo leyendo libros a los que llegué gracias a los libros que ella me dio), Angélica también fue y sigue siendo mi maestra de música. Por su puesto que ser músico es la más grande de mis aspiraciones en esta vida… ¡Pero no iba a ir a una escuela de música! Eso sería como querer amar, y apuntarse a una escuela de amor. A amar uno aprende igual que uno elige a sus maestros: a golpes, punzadas, caídas fortuitas y besos. Y a ser músico, uno aprende igual que uno elige a sus maestros y que uno aprende a amar.

Odiando.

Solo se puede aprender a amar aquello que se odia, pero que no se puede odiar con la misma intensidad con la que uno lo ama. De esa forma el amor vence a su contrario y prevalece sobre todo lo demás; irreductible. Es así un amor irreversible.

Recuerdo cuando me compré mi segundo clave, el que me acompaña aquí en Alemania desde hace 6 años. Mi compañero de piso por entonces me preguntaba que por qué cojones tocaba tantas horas cada día, que si iba a dar un recital o algo así. Yo le dije que no, que tocaba para mí. Pero lo cierto es que sí estaba ensayando para un recital; el que al fin tocaré a finales de año en Barcelona, en honor a un amor de dos personas cuyo amor por sí mismos estaba por encima del mismísimo amor.