Ellas

Ahí estaban. Era la última función de “El odio a la música” y habían coincidido en ese teatro siete de las mujeres más importantes de mi vida. Estaba a punto de salir a escena y no podía dejar de pensar lo bonito que era, el gusto que da, lo bien que sienta. Estoy aprendiendo a cuidar a la gente que me quiere y que me cuida, y funciona. Una se había venido desde Berlín, otra de Galicia … y eso es más importante que que vengan a verme los putos programadores o los críticos.

Adoro a esas mujeres, y es precioso haber aprendido a dormir con algunas de ellas sin follar (mi hermano no lo entiende y no le cabe en la cabeza como se puede hacer algo así), a trabajar con otras, y a respetar sus idas y venidas, sus silencios y sus cositas. Me ha costado cuarenta años, pero creo que empiezo a saber relacionarme con esos seres misteriosos y terroríficos que eran las mujeres para mí. Con los tíos … uffff … creo que lo dejaré para la siguiente vida.